Cuaderno de campo I
- Bettina Amorín
- 9 jul
- 2 min de lectura
Desde hace algunos años se vienen incorporando al lenguaje nuevos conceptos que intentan dar nombre a problemáticas que hasta ahora no existían. Una de ellas es el “deficit de naturaleza”, termino acuñado para definir un conjunto de complicaciones físicas y psicológicas producto de la falta de tiempo al aire libre en espacios naturales. Pero este es sólo un ejemplo. Son cada vez más los estudios (y los indicios a la vista) que nos hablan de que vivimos tiempos de una desconexión que nos está pasando factura. Y cuando hablo de desconexión no solo me refiero a con ese mundo exterior, lejano y salvaje en donde hemos colocado a "la naturaleza", sino a nuestro propio interior, porque nosotros también somos naturaleza.
Esa escisión que nos hace creer que somos distintos no es más que un constructo de época al que nos hemos aferrado para justificar las muchas maneras de apropiación y nuestro derecho por sobre cualquier otra forma de vida. La idea de lo natural y lo cultural como polaridades inconexas es el sustento de un paradigma en crisis, y en este contexto reconocer que sufrimos de un déficit (y descalzarnos para hacer grounding como solución) puede mejorarnos la calidad de vida a nivel individual, pero es quedarse apenas con los síntomas de un brete estructural. Somos parte de la trama que sostiene la vida pero esa trama ya no aguanta tanto maltrato.
Si bien la situación es de una complejidad que a muchos nos excede y hasta nos angustia, no todo es oscuridad; en palabras de Vinciane Despret, “la Tierra cruje y rechina, pero también canta”. Y en ese canto también se escuchan las voces de tantas personas que ponen a disposición su corazón y su pensamiento para reinventar otros modos de existencia, para restaurar un vínculo tan ancestral como constitutivo, que se ha roto sí, pero que todavía puede ser rescatado y que conduce a una sabiduría atemporal, que no tiene dueños ni verdades absolutas y que es a la vez racional, experiencial, poética y mágica.
Creo que las pistas están, dispersas pero están. Hay quienes las encuentran en el cielo, cuando las luces se apagan y la oscuridad de la noche deja ver la vía láctea. Para otros se presentan como una epifanía mientras descubren especies nuevas en el fondo del mar. Están en los cuentos intergeneracionales, en las plantas medicinales, en el fuego que calienta el hogar y en el silencio. Están en nosotros/as y en las aves.


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