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Oda a Ida

Foto del escritor: Bettina Amorín
Bettina Amorín
28 jul
2 min de lectura

Las tardes en el Lussich, el Arboretum, eran por lo general lentas y parecidas, a no ser por los días nublados en temporada y los domingos del resto del año que podían llegar a ser un loquero. La oficina, la de los guardaparques, un cubículo de la antigua casona cuya utilidad en los tiempos de Don Antonio no termino de descifrar, estaba a la izquierda enseguida de cruzar la gran puerta de entrada. Cuando no estábamos recorriendo el parque, ahí y en la cocina era donde se cocinaban cosas. Era fin de semana, estoy casi segura, por la cantidad de gente que pululaba sin saber muy bien a donde ir. Trato de hacer memoria pero no sería honesta si digo que sé en qué circunstancias terminó Ida Vitale sentada en una de las sillas de madera del acervo del museo, que por falta de mobiliario estaba allí para que usaramos. Puede que haya sido una inconsciente familiaridad entre colegas la que la llevó a entrar como perico por su casa y acomodarse junto al mismísimo escritorio en donde el dueño original escribió Los Tres Gauchos Orientales allá por el 1872, pero creo que más bien fueron sus ganas de conversar sobre bichos y plantas con unos novatos naturalistas. Nunca supe quien más había trabajado ese día como para pedirle que me ayudara a reconstruir el encuentro, de los seis guardaparques que éramos sólo mantengo vínculo con Sebastián y él no sabía de lo que le hablaba cuando lo llamé. Yo que me caracterizo por tener una memoria selectiva, tan selectiva que dejo afuera casi todo, apenas recuerdo mi sorpresa cuando, después de que la conversación había pasado de la rutinaria historia del arboretum a la subvalorada presencia de las comadrejas en los jardines, una de las personas que la acompañaban me susurró disimulada que la curiosa mujer de casi cien años que parecía un libro abierto era de hecho la recientemente galardonada con el premio Cervantes. Poco había leído de ella hasta ese momento, diría más bien que muy poco, pero la sensación hasta física de estar frente a un gigante me llevó, contrario a mi habitual negación al groupie mood cazaautografos, a darle un abrazo y pedirle una foto cuando se fue. Hace apenas dos años, revisando carpetas en un viejo disco duro, me reencontré con eso que testificó su breve pasaje por mi vida, me descargué un par de libros y recién entonces descubrí al gigante. 


 
 
 

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